Durante la realización de su trabajo, la Comisión de Verdad tomó el pulso del alma colectiva de este país. Campesinas/os anhelantes de un pedazo de tierra. Comunidades de
pobladoras/es originarias de estas tierras que defienden de la voracidad ajena sus recursos naturales. Maestras/os agredidas/os al oponerse a la conculcación de sus conquistas
laborales. Jóvenes encarceladas/os por ejercer su derecho al disenso. Mujeres víctimas de violaciones sexuales y otras torturas por no aceptar la arbitrariedad de la situación
política impuesta, clamando por verdad, justicia y reparación. Sin excepción, aterrorizadas/os por la magnitud de la represión. Sin embargo, con su denuncia, demostraban
que habían vencido el miedo a hablar, que pudo más la dignidad que el dolor y terror que les embarga. Un pueblo que, ansioso de justicia, consciente de sus derechos, clama
por el fin de la impunidad. De todas y de cada una de las personas que tuvimos el honor de conocer, aprendimos una permanente lección de dignidad y entereza. A ese pueblo
heróico, valiente, y a sus víctimas, con agradecimiento, respeto y admiración, dedicamos este trabajo.